Columnas Titulares

El Guate, personaje de Las Veredas de Dante…

El Fogón

El Guate, personaje de Las Veredas de Dante…

José Ángel Solorio Martínez

Nací en Guatemala. Mis padres, trabajaron todas sus vidas cosechando café. De tantos años que empuñaron los canastos y el rojo fruto de los cafetales, pareciera que se adormecieron sus manos y sus corazones. Lo más cercano al amor que nos dieron a mí y a mis siete hermanos fue “vénganse a comer mis niños”.

Y verdaderamente, era un acto amoroso.

Sobre todo, porque en muchas casas no tenían pa comer.

Vivíamos en una casa de palma y lodo. Mis tres hermanas terminaron atareados, en negocios de la frontera chiapaneca. De mis cuatro hermanos, uno se fue para Estados Unidos, dos hacen lo que hicieron toda la vida nuestros papás.

Fui el más cercano a mi madre. No porque me prefiriera. No. El origen de esos amores, fue mi debilidad: era el más enfermizo de todos. Hasta los dos años, mi madre me llevó a los cafetales en sus espaldas atado a un rebozo.

Puedo decir, que si no nací trabajando crecí en el trabajo.

Por eso a los 15 años era un hombre hecho y derecho.

Mis padres, me señalaron el canasto y el cerro donde levantan las cosechas.

Entendí.

Duré 10 años en los cerros. Con el canasto al hombro. Y maldiciendo el poco pago y el mucho esfuerzo. 540 semanas, sin conocer descanso porque cuando se es pobre el descanso es dinero que se escapa.

Nunca pude juntar pa casarme,

A los 25 años me enlisté en el ejército. Mejor paga, mejor comida, mejor casa, mejor ropa.

Un capitán, me vio con una estatura mayor a la de todos mis compañeros y macizo como tronco de cedro.

Me dijo:

-Vós, vás a las Fuerzas Especiales.

Le dije:

“!Sí señor!”.

   Fueron seis meses de entrenamiento.

   Dos gringos, nos llevaron a un grupo de 25 a un grande pantano. (Años después, supimos que era El Infierno, por el calor y lo rudo de la capacitación). En dos meses, conocimos el miedo, el hambre y la sed. Desde una casucha en un árbol seco, el comandante nos vigilaba. Nosotros, nomás en calzoncillos y armados con un cuchillo, teníamos que movernos en un terreno lodoso de más de 50 kilómetros cuadrados.

-¿Y pa qué el cuchillo señor?-, preguntó Elías de Tegucigalpa.

El comandante se acomodó los binoculares en el pecho.

Le dijo:

“Vós, no llevás un chuchillo. Vós, llevás un seguro de vida”.

Luego comprendimos.

El arma era para matar serpientes, sapos y aves que luego tuvimos que comer.

El comandante, cada tres días lanzaba 25 latas de frijoles o atún.

Nunca agua.

Decía:

  -El agua, la pueden sacar de la sangre de los pájaros y de las víboras…

En la noche, recibíamos órdenes desde una bocina. La voz del comandante, zumbaba deslizándose por las aguas y los lodos de la ciénaga. Se encendía una linterna y debíamos seguirla.

El tercer día, desertaron siete.

Aguantaron el hambre y la sed. Pero no soportaron el terror de los lodos: pasar sobre decenas o cientos de cuerpos humanos vaporosos y hediondos –muchos mutilados-. Abrirse paso, entre cráneos despellejados; con los estómagos vacíos, el vómito era un hilo de baba amargosa y verde. Ver rostros sin párpados, con ojos que te miran como pidiendo ayuda, como si vinieran de una pesadilla.

Nadie me ha podido quitar  la idea: los ojos, sólo pueden ser muertos por los gusanos.

Llegamos al final, nueve de los veinticinco.

Entre en combate dos veces. Una contra los guerrilleros, la otra contra una banda de secuestradores que pedían 2 millones de dólares por la hija de un empresario de la televisión.

Uno de los desertores, que se había ido del país a buscar fortuna regresó por su familia. Venía de Matamoros, una ciudad de la frontera de México.

Me platicó lo que hacía.

Y cuánto le pagaban.

No lo pensé. En una semana estaba instalado en un motel de Reynosa esperando a los enganchadores. Tres días después ya tenía trabajo. Les dije que era de Guatemala.

Uno de ellos, me dijo:

– ¡Guate!. ¡Póngase verga!-

Y puso en mis manos, una R-15, dos granadas y tres cargadores.

Desde entonces me dicen el Guate.