Columnas

La señal del beso callejero

Rutinas y quimeras

Clara García Sáenz

La señal del beso callejero

Nunca concebí la posibilidad de llegar a 200 días de confinamiento, la promesa, aquel ya lejano 18 de marzo, fue que regresaríamos a la oficina el 20 de abril. Todavía me di el lujo de refunfuñar mientras recogía mis libros del escritorio “no sé si venga a trabajar, ese día es mi cumple y habrá fiesta por mis 50”.

Mi madre le había pedido semanas antes a Antonio, uno de mis alumnos que le preparara una discada para su cumpleaños, algunos de ellos habían estado en casa celebrando la vida y a mi mamá le había gustado la sazón (raro en ella que es muy disgustada para comer). Ese día cuando me retiraba de la oficina me topé con él, iba a buscarme porque quería saber si siempre cocinaría para mi mamá, yo sin hacer mucho caso le dije, claro, mi mamá cumple el 13 de abril, ya para entonces pasó todo, usted alístese.

Con un mes frente a mí, libre de cargas laborales decidí abandonar mi vida intelectual y ocuparme de algunos proyectos que en ratos atendía y mal, hacer un huerto en casa, tomar el cuidado de mi madre de tiempo completo y el asumir el rol de ama de casa. Fue entonces que inicié un diario en Facebook como testimonio de vida.

Suspendimos la entrega diaria del periódico que traían a domicilio para que no fuera un foco de contaminación, la persona que me ayudaba se fue a su casa y le cerré la puerta a mis hermanos así como a cuanto visitante pudiera presentarse y las salidas se redujeron a la farmacia, al IMSS y a la tiendita de la esquina. Le dijimos adiós a los supermercados, restaurantes, cine, reuniones de fin de semana, viajes. Seguíamos las conferencias de López Gatell, veíamos las escalofriantes noticias de la pandemia en Italia, Francia, España, Inglaterra, todos confinados, con un montón de muertos. Nadie entonces sabía qué hacer, ni el primer mundo, ni el tercero, ni la derecha ni la izquierda, guiados por la experiencia de las epidemias muy lejanas y lo poco que la ciencia descubría como gotero acerca del covid, nos confinamos.

Para el 13 de abril sabíamos ya que la situación era complicada y ya desde entonces López Gatell decía que nos preparáramos para una epidemia larga, palabras que nadie sopesó en el momento. Así, compramos un pastel, pospusimos la discada y mis hermanos vinieron de manera escalonada a ver a mi mamá con Susana Distancia.

Ya para el 20 sabíamos que el país se cerraría hasta el 30 de mayo, así que decidí no cumplir años hasta el próximo, cuando si pudiera festejar y empezamos a ver como los tiempos de confinamiento se renovaban  mes a mes y el sentido de la epidemia larga cada vez cobraba más sentido; con tiempo suficiente para terminar de ordenar los rincones de la casa, sacudir la biblioteca, intentar una y otra vez los brotes en el huerto, ver pasar la primavera, el verano y recibir el otoño. Cosechar los frutos, aprender a criar gallinas, iniciar un nuevo semestre con clases virtuales, regresar a mi vida intelectual leyendo, escribiendo e intentando terminar la tesis doctoral.

Hoy les pregunté a mis amigos de Facebook que quién seguía en confinamiento y mi amiga Noris, con el buen humor que la caracteriza me escribió “nada más tú”. Vi las fotos de López Gatell en un puesto callejero besándose con una mujer. Recordé la película de Emir Kusturica “Underground, había una vez un país” donde los que están encerrados por la Segunda Guerra Mundial se quedan ahí hasta el momento en que cae la antigua Yugoslavia, siempre en espera de salir. Veo las fotos de López Gatell y a mis amigos paseándose, de fiesta, en eventos, entonces pienso que es la señal de que el rebrote de la pandemia está cerca. E-mail: [email protected]

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