Columnas

Los doctores de mi pueblo

Rutinas y quimeras

Clara García Sáenz

Los doctores de mi pueblo

“Es por lo mismo” decía el doctor Murayama a cada pregunta que mi mamá le hacía cuando nos llevaba a consulta. Llegó a Ciudad del Maíz en el periodo de entre guerras, fundó casa y familia con una lugareña. Durante décadas fue el médico del pueblo y trajo a este mundo a varias generaciones de maicenses entre los que nos contamos algunos de mis hermanos y yo. “Era un hombre de rostro agradable y muy paciente para examinar a los enfermos”, recuerda mi madre. Nos curó un montón de enfermedades a todos y siempre se distinguió por su trato humano y generoso.

Recuerdo que mi padre tenía colgado en su estudio fotográfico un retrato en blanco y negro del doctor Murayama y aún después de muerto, cuando la gente veía la foto lo recordaba y no faltaba quien platicara una anécdota de él, que lo describía como un hombre bueno. Por eso, gran algarabía causa la noticia de que le pondrían a una calle su nombre; sin embargo la mezquindad de las autoridades municipales de entonces les alcanzó para que solo un pedazo de una larga calle se llamara Masaki Murayama.

Mi hermana Laura recordó al Doctor Poncho, Idelfonso Aguilar Moctezuma, nacido en Ciudad del Maíz, pero que regresó al pueblo, en la década de los 50 del siglo pasado, no solo a ejercer la medicina sino también a participar en la trasformación del pueblo, daba clases de inglés y química en la secundaria e impulsó la apertura de la preparatoria. También hacia labor social con los padres de familia para que los hijos siguieran estudiando y no se quedaran en el pueblo. Actualmente vive en San Luis Potosí.

Felipa mi cuñada recordó al doctor Zárate que desde los años 60 recorría las rancherías y visitaba a sus pacientes montado a caballo, nacido también en Ciudad del Maíz, regresó al pueblo a ejercer la medicina dedicando toda un vida a cuidar y mejorar las condiciones de salud de los campesinos, su nombre completo era José Zárate Borbolla.

Mi amiga Dora Castro recordó al doctor Rosas, él venía de Guadalajara y se quedó por décadas en el pueblo, era famoso porque era el único que tenía el antídoto para el piquete de víbora, su clientela era gente de las rancherías cercanas que le tenían mucha fe, se llamaba José Luis.

Angélica mi sobrina me contó algunas historias del doctor Silvestre Carrizales conocido por todos como el doctor Chive, quien también regresó al pueblo a ejercer la medicina y se distingue por ser un hombre que consulta todo el tiempo, no importa la hora y tiene por costumbre decirles a sus pacientes cuando por gravedad los tienen que trasladar, que cuando las cosas mejoren entonces regresen a pagarle, incluso hay casos donde él mismo facilita su vehículo para agilizar el viaje.

Todos estos hombres generosos, me vinieron a la memoria la semana pasada que me enteré de la muerte del doctor Von Stein Orta Rodríguez, también nacido en el pueblo al que regresó en la década de los 80 para instalar un consultorio. Su muerte conmocionó a todos por el cariño que le tenían y recordé que recién llegado, mi hermano Oscar sufrió un accidente que le rompió la nariz en dos partes. De los médicos del pueblo en ese entonces era el único que aceptó ir hasta la casa a verlo, cuando mi mamá creía que eso requería traslado y un cirugía costosa, el doctor Von con la paciencia del mundo sacó un palito de madera de su botiquín parecido al que le ponen a los elotes, pidió le sujetáramos con fuerza la cabeza, se montó sobre él, le introdujo el palo en la nariz y con fuerza emparejo el cartílago, le puso una pequeña venda y pidió que no se la quitara en varias semanas porque haría las veces de férula.

Todos quedamos a punto del desmayo por la impresión del método curativo y mi mamá que siempre estaba recortada de dinero le preguntó sus honorarios a lo que el doctor contestó “así déjelo señora, lo importante es que el muchacho esté bien y pueda respirar sin problemas”.

He platicado con muchas personas de Ciudad del Maíz desde que supe de la muerte del doctor Von y descubro que todos tenemos gratitud a nuestros médicos que han puesto su vida al servicio de los maicenses, renunciando a la seducción citadina. Durante estos días acumulé cientos de anécdotas que demuestran lo importante que son los médicos en un pueblo y como se vuelven parte de la memoria. Agradezco a todos los que hicieron posible esta columna pero también a los médicos, vivos y muertos que contribuyeron para hacer más saludables, prósperas y educadas cada una de las poblaciones mexicanas que están lejos de las grandes metrópolis.

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