Columnas

Que abran las cámaras

Rutinas y quimeras

Clara García Sáenz

Que abran las cámaras

Después de explicarle a mi alumna los requisitos del trabajo final, se apresuró a decirme que no era así, que la sesión de clase a la que ella no había asistido, motivo por el cual me había buscado, estaba grabada y yo ahí había pedido otra extensión menor de cuartillas. Me di cuenta en ese momento que algunos alumnos habían aprendido rápidamente el provecho que podían sacar de la tecnología con las clases virtuales. Era mayo, la pandemia entonces nos había sorprendido y la Universidad hacia un esfuerzo por hacer eficiente una plataforma para que terminara con éxito un semestre que había empezado en forma presencial.

Su dicho me pareció un retorcido chantaje porque si había ya visto la sesión grabada de clase, no tenía sentido que me buscara fingiendo en un primer momento no saber las características de la tarea y al enterarse que tendría que hacer un esfuerzo extra amagó con la sesión grabada.

Estas semanas he visto muchos videos de maestros y alumnos en sus clases virtuales, dos muy virales. El primero fue la maestra que en Durango apercibe a sus alumnos por no abrir cámaras y el posterior linchamiento social y hasta su despido. El segundo, es el de Sebastian, un jovencito que al prender la cámara está acostado y cobijado en la cama, lo que provoca la risa de su maestro. En la red todos lo festejaron sin hacer ninguna crítica de la situación.

En los hechos, al parecer al adulto se le sanciona y al menor se le festeja. Pero atrás de esto hay una intrincada complejidad de problemas que van más allá del instante viral en las redes; empieza por la manera tradicional en que la mayoría de los profesores imparten su clase en el aula, lo que implica que esta sea vertical y autoritaria, hasta la presión a la que estamos sometidos por la inédita situación que vivimos con la pandemia que lleva consigo adaptar los modelos de impartición de clase a la aula virtual pasando por la falta de equipos adecuados para trasmitir clase, no tienen un espacio adecuado en su casa, es difícil tener un control del grupo si las cámaras no están abiertas y algunos no estaban familiarizados con la tecnología.

Todas esas cargas emocionales y profesionales, más las que se acumulan por los problemas familiares son las que el profesor carga cada vez que abre la cámara para impartir clase. Mientras que algunos alumnos desarrollan refinadas técnicas para evadir las clases, empezando por no encender las cámaras.

Estamos en un momento crucial donde quien tiene la autoridad debe matizar por temor a ser exhibido, donde el que está en formación se siente empoderado por tener muchas veces más habilidades tecnológicas que sus profesores, donde la simulación, la mentira, la trampa, la extorsión o la venganza hacen acto de presencia diariamente en un sistema educativo que transita por los intrincados laberintos de la virtualidad.

Porque más allá de lo viral, están las vidas profesionales de los maestros y la formación de los alumnos que deben asumir la responsabilidad que les toca.

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