Columnas Titulares

SE LLAMABA EMILIO PORTES GIL

LETRA PÚBLICA

            SE LLAMABA EMILIO PORTES GIL

 RODOLFO SALAZAR GONZALEZ

Emilio Portes Gil fue el primer Presidente civil en México a la muerte de Obregón en 1928 en el siglo XX, un ejemplo de mexicano y tamaulipeco; su madre fue la luz que lo iluminó en los momentos difíciles y le sembró en su cabeza la tenacidad, preparación, valor y valores desde el punto de vista ético, para que no llenara sus manos de dinero sucio y de sangre. Doña Adela Gil de Portes sabía que a su hijo Emilio le deparaba un destino luminoso pero lleno de peligro.

Emilio Portes Gil nació en ciudad Victoria, Tamaulipas, en los finales del siglo XIX,  de un origen modestísimo: la casa donde nació estaba ubicada en la calle Matamoros número 16, casa construida con adobes y techo de palma, materiales comunes en los hogares de las familias campesinas.

A los tres años quedó huérfano; su padre, Domingo Portes, murió dejando viuda a su madre Doña Adela Gil de Portes, quien educó y formó con gran acierto al futuro Presidente de México.

Antes de partir a estudiar a la capital del país, la vida de Emilio Portes Gil transcurrió en torno a su ambiente familiar viviendo una infancia normal en términos generales idéntica a la que tienen los hogares emergentes de una realidad social en donde las clases sociales eran una verdad indestructible.

Inspirado en el estoico comportamiento de su madre Doña Adela, quien para sostener a la familia, de la que era cabeza, se dedicaba a la confección de vestidos entre sus amistades gracias a una máquina de coser que le quedó como único patrimonio al entrar en su viudez.

Convivían en ese ejemplar ambiente familiar: Su abuela materna, que era ciega; dos tías y su hermano mayor Domingo Portes Gil, quien murió a los treinta años, causando una profunda herida a Doña Adela, que en opinión del presidente Portes Gil jamás se cerró.

Siendo ya el tamaulipeco más brillante del siglo XX, vivió sus últimos días en su casa de la calle Emilio Castelar, en la colonia Polanco, acompañado de su esposa Carmen, sus dos hijas y siete nietos. La casa era un lugar donde el lujo ostentoso e inútil no pudo entrar jamás; más bien parecía la casa de un historiador.

Afuera, en la cochera, estacionado, con signos de no ser usado en mucho tiempo, un Mercedes de modelo antiguo esperaba que su dueño lo utilizara para transportarlo, como de costumbre, al restaurante del «Lago Menor» en Chapultepec, donde Emilio Portes Gil acostumbró a comer con sus amistades los últimos quince años de su vida.

En la sala de su casa había colgadas en las paredes obras de pintores como el Doctor Atl;  sobresaliendo entre todas, por su exótica belleza la pintura de una mujer Asiática que lucía sus virtudes medio desnudas solo cubierta por sus largos cabellos; era un regalo del Presidente Indonés Sukarno.

Allí en su residencia de la colonia Polanco, por iniciativa del Gobernador Enrique Cárdenas, Jesús Reyes Heroles en 1975 a nombre del Presidente de México, entregó a Emilio Portes Gil la medalla Pedro José Méndez.

Carlos Loret Mola, el brillante y valiente escritor, exgobernador del Estado de Yucatán, quien falleció en condiciones misteriosas, comentaría al Dr. Rodolfo Gil Zayas y al que esto escribe, en 1975, durante la sobremesa en el «Prendes»: «Emilio Portes Gil es un clásico de la Revolución Mexicana en vida, es el último clásico de la Revolución Mexicana con vida».

Portes Gil fue maestro rural, ganando treinta pesos mensuales que íntegramente llevaba a su madre para ayudarla en el sostenimiento de la familia completa.

Se nos ocurre recordar aquel pensamiento del poeta ciego, John Milton, sobre que la pobreza forja  con más temple que la abundancia; al evocar al Presidente de México que en 1928 presidiría «los catorce meses difíciles de la Revolución Mexicana».

En la Presidencia de la República brindó el más amplio y completo apoyo al «General de hombres libres» el patriota Nicaragüense, Augusto César Sandino, acogiéndolo en el seno de la Patria, brindándole asilo político, cuando Sandino escapaba junto con su hermano Sócrates de las intenciones asesinas del Imperialismo Norteamericano representado por Juan B. Sacasa y Anastasio Somoza.

Era tanta la confianza que Sandino sentía en Portes Gil, que cuando el tamaulipeco concluyó su mandato entregando el poder a Pascual Ortiz Rubio, el prócer nicaragüense decidió abandonar nuestro país por no sentir el mismo apoyo que Portes Gil le inspiraba.  Regresando a combatir a Nicaragua donde finalmente fue asesinado en 1934.

Fue un político, estadista y abogado brillante y competente que se desenvolvió en el ambiente peligroso y cambiante de los generales revolucionarios que hicieron de éste país una institución en la que se elaboró una constitución general de la República, se alfabetizó a toda la mayor parte de la sociedad indígena y dejó asentado las bases para que los mexicanos de este siglo y del pasado, sigamos en la tarea de reconstruir esta nación, que en momentos como los que estamos viviendo sentimos la ausencia de los gigantes como Emilio Portes Gil que tuvo la virtud de ser denominado por el historiador Don José E. Iturriaga, medalla Belisario Domínguez, «El Presidente Pacificador del México Moderno».

Tampico le debe un bronce al “Tamaulipeco más Brillante del Siglo XX”, según lo definió el historiador, abogado, periodista y enemigo ejemplar de Portes Gil, Don Juan Guerrero Villarreal, a quien tuvimos la oportunidad, afortunada y única de tratar siendo uno de los mejores directores de un periódico de los que circulan en la capital del estado.

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